No soy ni creyente ni nada que se lo parezca, pero si me gusta moverme por la vida a través de las buenas sensaciones y las buenas vibraciones. Recién llegado a casa después de una jornada educativa enseñando, que me hace levantarme a las cinco de la mañana
y estar todo el día activo para que más de 100 alumnos( 111 concretamente)y alumnas de entre 14 y 17 años, no solo que no se me vayan de las manos, sino que deba sujetarlos física y anímicamente para que también aprendan y se den cuentan de que en la vida nadie te regala nada a no ser que puedan obtener algo a cambio de ti. Y la verdad es qué hay mucho a cambio para robarles a las generaciones futuras. Para eso mismo van al cole para que no se dejen robar nada.
El caso que nos ocupa aquí, es el de las sensaciones y vibraciones, y recién llegado a casa después del trabajo, me cambio de ropa, me sirvo un vaso de jugo de uva hecho de alcohol, y me pongo a preparar una cena que me pueda durar un par de días hasta que Sandra, mi esposa, regrese de Los Ángeles.
Estoy solo nadie me dice nada y me inclino por un puré mezcla de todo( patata,zanahoria, cebolla,perejil,pollo asado,especias, sal, aceite de oliva) y todo lo que se me ocurra y me sepa bien a priori para hacer el puré.
El invierno por mi pueblo ha sido muy largo y durísimo con nevadas y heladas de casi 20 bajo cero y entremedias el ómicron para celebrar bien el fin de año y el principio del siguiente en el que estamos. Abierta la botella de Jumilla, me lleno el chato de vino hasta la bandera, y mientras, lo dejo posar cómodamente entre mis dedos, me lanzo a por los aperitivos de queso que he preparado, y empiezo a preocuparme por el estado oculto de mis sensaciones y vibraciones. Estoy solo en casa, pero no quiero que se me note, sería muy aburrido todo entonces.
Un invierno muy duro y unas sensaciones nunca aptas para largos recorridos quieren instalarse dentro del clima caliente que muchas veces invade nuestras cabezas, aunque ahora solo hablo por la mía. Estoy abierto a todo lo que me venga y por eso me da por abrir todas las puertas y ventanas de mis dos viviendas preferidas: la física y la mental. Las abro, ambas de par en par, y la brisa que me recorre el cuerpo y de paso tal vez el alma también, es sobrecogedora. Me dejo invadir de aires y brisas impredecibles, y mientras el horno sigue cocinando esa cena que será una cena, mi cena, llena de sensaciones vitales. Me dejo atravesar por esa brisa imaginaria y fantástica que ha comenzado a inundar mi casa de arriba a bajo. El olor del horno vital de todas las cenas me empuja hasta el centro físico de todas las corrientes, mi ropa se infla de aire como si quisiera llevarme volando por toda mi casa. Me agarro a algunos barrotes del pasamanos de la escalera para no estrellarme contra ningún mueble. He resistido mejor de lo que pensaba y ya con los pies bien sujetos al suelo de madera de mi centenaria vivienda, me quedo sentado con las puertas todavía de par en par en un acto pseudo ritual de haber querido invitar a todas las brisas del mundo a que pasaran a cenar conmigo en una velada tan especial de sensaciones que me pudieran alejar de todo indicio de soledad.Dicho y hecho y sin ninguna muestra de arrepentimiento por ninguna
de las dos partes. Ni los aires estaban por saltar, ni yo por negarme a la invasión de mi intimidad hecha cena.
El olor fresco del guiso en la olla encima de los fuegos me insinúa que está lista. Apago los fuegos y las brisas que los insuflan desde fuera hacia dentro. Cierro puertas y ventanas en un acto reflejo que me transmite una encerrada sensación de compañía, confirmándome que la soledad no es cosa de uno sino cosa de unas cuántas sensaciones que uno debe dejar que le invadan.
Invadido y en espera de mi puré, de mi Jumilla y de toda una velada de grandes sensaciones por llegar, celebro todo lo que puedo, hasta que de golpe y porrazo, una inesperada sensación de sueño me encierra y me introduce, sin querer, en otro mundo subconsciente de de infinitas imágenes y fantasías. Allí me quedaré, y allí estoy, postrado en la cama viviendo lo real y ficticio de mi existencia entre aires, corrientes, cenas y sensaciones. Nadie entenderá lo que les cuento y sólo yo seré dueño de esa singularísima soledad de compañía.
Sonarán de nuevo las cinco de la mañana , del día siguiente que es hoy. Sonará de nuevo el jolgorio escolar de esos 111 jabatos y jabatas de alumnos que me esperan como cada día. Les abriré el abanico de sensaciones que conformaron mi noche de ayer. Les miraré a la cara esperando que se den cuenta de que las sensaciones y vibraciones las llevamos todos dentro de uno mismo. También les diré que es deber de cada uno crear espacios y tiempos para ir descubriéndolas una a una mientras duren. Yo soy su maestro y les cuento esto, me miran, o más bien, les miro yo a ellos, a sus ojos intentando desenmascarar el enigma inocente de sus miradas. Una nueva sensación de incredulidad se abrirá entre nuestros dos bandos. Yo su maestro tal vez confundiéndoles y ellos a mi confundiéndome incluso más porque nada de lo que les contaba lo entendían y tampoco, supongo que les interesara mucho. Viven en un mundo tan extraño de otras sensaciones y estímulos, que no sé si serán capaces de entender las mías y los míos.
De todas formas, mañana que ya es hoy, reclamaré su atención y les contaré mi experiencia de la noche anterior, pero en ese entonces, que es ayer,
la olla que todavía sigue calentándose en el fuego profundo de mis sensaciones, empezó a chirriar sonidos extraños, pidiendo mi atención, cuando llegué hasta ella, el tupido velo, hecho fondo, que cubría mis viviendas se había transformado. No había puré, pero si guiso.
El fuego y el sueño habían contribuido grandemente a esa tremenda transformación: de puré a guiso o de soledad a compañía. Todo un menú encubierto de posibles e infinitas sensaciones que no acaban con una sola cena o muchas cenas que nos esperan cada vez que abrimos nuestras dos viviendas de par en par y dejamos que todo tipo de brisas nos invadan.
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