Las olas

 

Esta es la historia de un sobrino que nace en el mismo pueblo, en la misma familia, por supuesto, y casi en la misma casa que el tío, aunque con catorce años de diferencia. El tío se hace famosísimo. Sus vidas se acercan y se alejan como olas desatadas en el mar. En un par de ellas, la embestida es tan fuerte que casi rompe la orilla del sobrino. Pero eso no ocurre y el tío se convierte en experto de muchos mares futbolísticos.

Desde lejos, el sobrino sigue la estela del tío, mientras sus estudios le especializan en conquistas de los mares deportivos más difíciles. El tío acepta el reto de su sobrino: primero con el engañoso fracaso de 2006 y lo culmina, de forma magistral, una noche mágica de verano de 2008. Esa misma noche, los barcos futbolísticos de España se desatan sin pudor por unas aguas de un mar, ahora convertidas en planchas de césped de un estadio, que se rinde, sin remedio, a una selección y a una exhibición jamás vista por esos mares. El tío se instala en el Olimpo y se hace leyenda eterna irremplazable. Mientras tanto, el sobrino bucea por todas esas aguas y nos lo cuenta.

 

Fútbol

 

En el fútbol se dan muchas jugadas que destilan mucho cuento, y todos sabemos con qué intención. En la vida todas las jugadas contienen y llevan mucho cuento. Si se quiere.

Las mías, las del fútbol y las de la vida, fluyen por mis venas como si fueran mi propia sangre y agua que las riegan. Surco las aguas de los ríos que nos llevan.

Son un barco que creo que soy yo. Las invito a ambas a que aborden a cubierta, se instalen y naveguemos juntos por esos mares finitos que son nuestra vida y nuestro fútbol. Continuará…

Permítanme que les cuente y avise de que la primera y la última de lo que sea son siempre la consecuencia de la misma línea recta o circular del tiempo. Según desde el extremo que se mire o nos creamos que estamos mirando.

Lo que de veras me asombra es que siempre nos refiramos a «perder la vida» y nunca a «ganar la muerte» y por qué tenemos que vivir toda nuestra vida empatados sin ganar ni una ni otra.

Después de tantos descuentos, fueras de juego, goles anulados o en propia puerta, tiros al poste, fallos a puerta vacía y un sinfín de figurados accidentes que, aunque no nos empujan a la muerte súbita, sí nos hacen entender lo figurado de nuestro lenguaje para seguir dando patadas al balón hasta que al supremo juez de todos los jueces le dé por activar el silbato al lado de nuestro oído para, susurrando, decirnos que:

«Este partido/cuento se ha acabado» justo al mismo tiempo que nuestro empate se quebraba para siempre.

—Ley de vida —me decía mi padre, que era del Atleti.

 

Mis notas son partidos de fútbol

 

Que juego contra mí mismo tanto dentro como fuera de casa. En vez de con los pies, lo hago con los dedos de mis manos, que son los que me ayudan a sacar provecho de las jugadas que se germinan en el juego aéreo de mi cabeza. Me creo que gano casi todos esos partidos de la vida o del fútbol que en mi propia persona se confunden y se entremezclan como si fueran encuentros infinitos que me pasan por la imaginación de los primeros y segundos tiempos de los partidos jugados o por jugar de mis ya setenta y tres años de competición española, europea o mundialista.

Sin espectadores ni medios que los transmitan, sin hinchas que animen o que insulten, esos partidos míos transcurren en un solo estadio interior y silencioso día sí y día también para posible delirio, sin exagerar, de las masas invisibles que unas veces se encuentran con el mejor Messi de todos los tiempos o con una simple explicación al posible dolor o alegría que causa estar vivo o imaginárselo, sin tapujos ni fronteras, en un estadio al aire libre que abre el juego sin límites a campeonatos y ligas que nunca dejan de sorprenderme en el cerebro de mis dedos.

Compito para ganar, perder o empatar, me enfrento a los mejores o peores espectáculos u obstáculos que sin avisar puedan presentárseme. Y no me quejo, solo juego y vivo. Mis notas son mis partidos, son vida y son fútbol y entre los dos, juntos, destilamos muchos momentos y jugadas que, aunque nunca hayan ganado títulos, sí creo que merezcan ser contadas y leídas bajo un solo paraguas de comprensión: «La vida y el fútbol tienen mucho cuento».

Las prometí fidelidad y que nunca me arrepentiría de haberlas traído al escenario de lo público y a las opiniones de los sabios de la vida y el fútbol, que son millones. En mi caso son solo unas pocas que en su origen desean abarcar lo inabarcable de ambos mundos. Para mí son idilios hechos delirios. Son amor hecho dolor. Son sonrisa hecha lágrimas y alegría hecha tristeza. Son pasión hecha ilusión, acompañada de compromiso por dejar patente que a este juego me he entregado sola y exclusivamente para gritar en silencio, «que he jugado y vivido aceptando todas sus consecuencias escritas o por llegar, que no es poco».

 

El fútbol y la vida tienen mucho cuento

 

Me vino este título a la cabeza en medio de uno de mis paseos diarios a lo largo del río Chemung o de la calle del Agua, que es otro de mis itinerarios favoritos. El título se me ocurrió a través de esa calle, ya que el río y su sendero llevan más de dos semanas congelados por culpa de la nieve y el frío que nos azota en la costa este de los Estados Unidos me impide moverme con normalidad.

Llegué a casa, cogí el móvil, pensé en el título, abrí la sección de notas y abajo del todo leí un subtítulo que decía 127 notas escritas y, a razón de unas cinco páginas por nota, me di perfectamente cuenta de que el fútbol y la vida tienen mucho cuento y yo mucho por contar. 127 x 5 = 635 páginas. Y sin querer empecé a pensar en qué hacer con ellas. Ordenarlas sí, pero ¿de qué manera? Algunas, muchas, trataban de la vida y otras, también muchas, trataban del fútbol. Pero el fútbol es vida y más en mi caso. Se me ocurrió escribir esto para aclarar mis ideas, pero acabé más confundido todavía, como casi siempre.

Hoy son ya 561 las notas que tengo en este editor y no veo forma de que me quede quieto y siga escribiendo tal como me venga en gana. Así es mi oficio o pasatiempo de escribir, cuando me viene, me viene y no lo puedo desaprovechar. Siempre me da miedo que no me vuelva a venir, pero no creo, porque lo que me viene me viene de lo que vivo y veo u oigo cada día y, mientras siga vivo y coleando, habrá alimento para mi cabeza y mis dedos. Ahora apago mi fuente y sigo viviendo.

Cuentos del fútbol para la vida. ¿Por qué?

 

Se podría afirmar sin miedo a equivocarse que un partido de fútbol encierra a la vida y, como tal, vivir la vida sería como jugar un gran partido de fútbol de larguísima duración. Me explicaré. Las situaciones que se dan en un partido son en su mayoría iguales a las que se experimentan en la propia vida, aunque elevadas al extraordinario número de días que cubren nuestro calendario vital.

Los partidos, como la vida, están llenos de errores y aciertos; hay que luchar contra los elementos y los contrarios; hay que confiar y saber apoyarse en los compañeros para poder ganar y crecer juntos colectivamente. Además, hay unas reglas que hay que respetar y una autoridad, el árbitro, que cuida de la justa aplicación y respeto de estas.

La similitud no puede ser más verdadera y contundente. Jugar al fútbol es vivir la vida y viceversa. Por eso mis cuentos de fútbol para la vida, porque desde el fútbol y desde la licencia que me da la escritura puedo ganar partidos, aunque juegue solo la mayoría de las veces, y casi nunca acompañado para terminar mis relatos. Si quisiera y fuera necesario, me los podría imaginar o inventar e incluirlos en el hilo de la historia o el tiempo que son lo mismo, aunque no lo veamos.

Espero ganar este partido con todos estos cuentos de la vida o del fútbol, como ustedes quieran. 

 

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Dibujo de un banco de flores

 

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¿Para qué son todas esas llaves? Pregunta el chaval.

¿Qué llaves? dice el abuelo.

Los ojos del abuelo se muestran extrañamente vacíos. Ahora se golpea las sienes en frustración y el chaval abre su boca para decir algo, pero se calla cuando ve eso del abuelo, se sienta tranquilamente y hace lo que su abuelo le había enseñado a hacer en caso de que se perdiera: Otea a tus alrededores, busca marcas visibles y significativas, y pistas claras.

El banco está rodeado de árboles porque al abuelo le encantan los árboles porque a los árboles no les importa nada los pensamientos de los humanos.

Hay siluetas de pájaros que se elevan por encima de ellos se esparcen por los cielos y descansan tranquilos con los vientos. Un dragón verde y somnoliento cruza la plazuela. Un pingüino con pequeñas huellas de color chocolate en su estómago duerme en un rincón. Un búho de un solo ojo se sienta al lado del pingüino. Noah reconoce a los dos porque solían ser suyos. El abuelo le regaló ese dragón recién nacido.

 

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Dibujo de una planta

 

 

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La abuela le dijo al abuelo que no era apropiado regalar dragones de juguete a recién nacidos y el abuelo contestó que él no quería un nieto que fuera como los demás. La gente pasea por la plazuela, aunque se ven borrosas y cuando el chaval intenta enfocar sus contornos se van de sus ojos igual que la luz a través de las persianas venecianas. Uno de ellos se para y saluda desde lejos al abuelo y este le devuelve el saludo intentando mostrarse con confianza.

¿Quién es ese? Pregunta el chaval.

- Ese es, no, no, no puedo acordarme. No Noah, ha pasado tanto tiempo- Noah se calla, duda y busca algo en sus bolsillos.

- No me has dado un mapa ni un compás hoy, nada que me pueda ayudar, no sé cómo quieres que encuentre el camino de regreso a casa, abuelo- susurra Noa.

 

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 El abuelo empieza a llorar en bajito y sin lágrimas para que el nieto no se dé cuenta. -Es difícil de explicar Noah, Noah, es increíblemente, increíblemente difícil explicarlo-

 La chica está de pie enfrente de él y huele a jacintos como nunca hubiese olido en otro sitio Su pelo es viejo pero el viento sobre él, nuevo. Todavía recuerda cómo se sintió al enamorarse. Ese es el último recuerdo que se le escapa, enamorarse de ella significó no tener más espacio en su propio cuerpo. Por eso es por lo que él bailó.

-Tuvimos muy poco tiempo- dijo.

Ella sacudió su cabeza:

-Tuvimos una eternidad con hijos y nietos-

 -Solo te tuve por un abrir y cerrar de ojos- dijo él.

 Ella se rio: - Me tuviste una vida entera toda la mía no fue suficiente-

 Ella le besa su muñeca con su barbilla descansando en sus dedos.

 

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Pasean lentamente a largo del camino que él piensa que ha paseado antes sin acordarse a dónde lleva ese camino.

Su mano está vendada alrededor de la de ella y tienen 16 años otra vez, no tiemblan los dedos, no duelen los corazones, su pecho le dice que puede correr hasta el horizonte, aunque su aliento pasa de largo y sus pulmones no le obedecen ya como antes.

 Ella se para, esperan pacientemente debajo del peso de su brazo y ahora ella es vieja igual que el día antes de que la dejara. Él la susurra junto a su párpado:

- No sé cómo explicárselo a Noah-

-  Yo sí sé- dice ella, mientras su aliento sopla contra el cuello del abuelo.

- Es tan grande ahora, ojalá pudieras verle- Lo sé, lo sé.

- Te echo de menos, mi amor-

- Todavía estoy contigo, querido difícil tú-

-Pero ahora, solo en mis recuerdos, solo aquí-

 

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- Eso no importa. Eso fue siempre mi parte favorita sobre ti. He llenado la plazuela y se ha hecho más pequeña de noche otra vez.

- Lo sé, lo sé-

Mientras se limpia la frente con un suave pañuelo, haciendo pequeños círculos rojos, cayendo sobre el material de su vestimenta-

Ella le grita: - Estás sangrando. Ten cuidado cuando montes en el barco-                    Él cierra los ojos.

- ¿Qué le digo a Noah? Cómo le voy a explicar que voy a dejarle incluso antes de que yo muera-

 Ella toma su mandíbula en sus manos y la besa.

- Querido marido difícil, debes explicar esto a nuestro nieto, igual que siempre le has explicado todo a él, como si él fuera más inteligente que tú.-

 

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Él la sujeta cerca, sabe que la lluvia llegaría pronto.

 Noah ve cómo el abuelo se siente avergonzado en el momento que dice: -es difícil de explicar- porque el abuelo nunca le dice eso a Noah. Todos los otros adultos también lo dicen. El padre de Noah lo hace cada día, pero no su abuelo.

- No quiero decir que sea difícil para ti entenderlo, Noah Noah.

- Quiero decir que es difícil para mí entenderlo- se disculpa el hombre viejo.

- Estás sangrando- grita el chaval.

Los dedos del abuelo buscan a ciegas a través de su frente, una única gota de sangre que la recorre por el borde de un profundo tajo en su piel, justo por encima de su ceja. allí desafiando las leyes de la gravedad. Finalmente cae en la camisa del abuelo, sumándose ya a otras dos gotas, convirtiéndose inmediatamente en un mismo proceso parecido a cuando los niños saltan al mar desde el embarcadero y hay uno que tiene que ser el más valiente por ser el primero antes de que los otros le sigan.

 

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 -Sí, sí, supongo que lo soy y acabo de haberme caído-

El abuelo replica como si hubiera sido también uno de sus pensamientos, pero no hay ningún pensamiento silencioso, aquí.

Los ojos del chaval se agrandan.

 -Espera abuelo te has caído en el barco, ahora me acuerdo, así es como te has dañado- Grité llamando al padre.

¿Padre? repite el abuelo.

-Sí, no tengas miedo, abuelo. Padre viene a por nosotros rápido- Noah promete al abuelo mientras acaricia su antebrazo tranquilizándole y mostrando una experiencia superior a la que se espera de un chaval de su edad.

Las pupilas del abuelo rebotan, nerviosamente, haciendo que la firmeza del chaval continúe.

-Te acuerdas de lo que tú siempre me decías cuando íbamos a pescar en la isla y dormíamos en la tienda de campaña: no pasa nada con tener un poco de miedo, decías porque si mojas los pantalones harás que los osos se mantengan alejados de nosotros-

 

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El abuelo parpadea fijamente, aunque las frases de Noah se han ido haciendo más borrosas mientras al hombre viejo asiente varias veces aclarando sus ojos:

- Sí, sí, sí lo dije, Noah Noah. Ah verdad cuando estábamos pescando.

¡Oh, querido Noah Noah!

¡Has crecido tanto y tan grande!

¿Cómo te va en la escuela?

Noah tranquiliza su voz intentando tragarse el temblor de sus cuerdas vocales al tiempo que su corazón palpita alarmado.

- Está bien, soy de los 10 primeros en matemáticas y estate tranquilo abuelo, papá va a venir pronto a recogernos-

 La mano del abuelo descansa sobre el hombro del chaval.

-Eso está bien, Noahnoah. Muy bien, las matemáticas siempre te llevarán de regreso a casa-

 El chaval se halla aterrorizado ahora, aunque sabe que es mejor que el abuelo no lo sienta.

Noah empieza a cantar: -Tres punto uno cuatro uno-

El abuelo responde inmediatamente: -Cinco nueve dos-

-Seis cinco tres- replica el chaval.

- Cinco ocho nueve- dice el abuelo y se ríe.

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Es un dibujo de la barca con el abuelo y el nieto pescando.

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Ese es otro de los juegos favoritos del abuelo recitar los decimales del número Pi, la constante matemática que es la clave para calcular el tamaño de un círculo. Al abuelo le encanta la magia de ello esos números clave que descifran los secretos y nos abren el universo entero a nosotros. Él se sabe más de 200 de esos decimales de memoria. El récord del chaval son la mitad. El abuelo siempre dice que los años venideros permitirán que se encuentren en el medio cuando los pensamientos del nieto se expandan y los del abuelo se contraigan.

 -Siete- dice el chaval.

 -Nueve- susurra el abuelo.

 El chaval se aprieta la palma y el abuelo se da cuenta de que el nieto tiene miedo y le dice:

¿Te he dicho alguna vez de la vez que fui al médico, Noah Noah? y le dije:

- Doctor, doctor me he roto el brazo por dos sitios y el médico me dijo entonces recomiendo que dejes de ir a ese sitio-

 El chaval entonces parpadea y las cosas se vuelven cada vez más borrosas.

 

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-Tú me has contado eso antes, abuelo. Es tu chiste favorito-

¡Oh! el abuelo suspira un tanto avergonzado.

La plazuela es un círculo perfecto. El viento azota por las copas de los árboles; las hojas se mueven en cientos dialectos de verde; Al abuelo siempre le ha encantado esta época del año. Vientos cálidos, vagando por los brazos de los jacintos y pequeñas gotas de sangre secas en su frente. Noa mantiene sus dedos allí y pregunta:

¿Dónde estamos abuelo?

¿Por qué mis animales de juguete están aquí en la plazuela?

¿Qué pasó cuando te caíste en la barca?

Entonces las lágrimas del abuelo abandonan sus pestañas.

-Estamos en mi cerebro, Noah Noah y ha empequeñecido de noche otra vez.

Ted y su padre están en el jardín. Huele a jacintos.

 ¿Qué tal la escuela? el padre pregunta bruscamente.

 

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Él siempre pregunta lo mismo y Ted nunca puede encontrar la respuesta correcta. Al padre le gustan los números y al chaval le gustan las letras; ambas son lenguas diferentes.

- He sacado muy buenas notas por mi ensayo- dice el chaval.

¿Y las matemáticas?

 ¿Cómo vas con las matemáticas?

 ¿Cómo crees que las palabras te ayudarán a guiarte a casa si te pierdes en el bosque? Refunfuña el padre.

 El chaval no responde no entiende de números o quizás los números no le entienden a él. Nunca se han mirado a los ojos directamente, el padre y el chaval.

 El padre, un hombre todavía joven se agacha para quitar las malas hierbas de la camada de flores. Cuando se incorpora de pie es ya de noche, aunque juraría que solo un momento acababa de pasar.

-Tres punto uno cuatro uno- Murmura, aunque su voz no suena nunca más como la suya de siempre.

¿Padre? dice la voz del hijo, aunque ahora sonando diferente y más profunda.

 - Tres punto uno cuatro uno. Es tu juego favorito- Clama el padre.

 

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-No- replica el hijo.

-Era el tuyo- empieza el padre, aunque el aire traiciona sus palabras.

-Estás sangrando, padre- dice el chaval.

El padre guiña el ojo al chaval varias veces sacudiéndose la cabeza y mientras sonríe exageradamente:

¡Ah! Es tan solo un rasguñito.

¿Te he contado alguna vez acerca de cuando fui al médico y le dije? -Doctor, doctor me he roto el brazo-

 El chaval se calla.

-Padre estás sangrando- El chaval repite pacientemente yo dije me he roto el brazo. -No espera, yo dije no puedo acordarme es mi chiste favorito-

 Ted es mi chiste favorito deja de meterte conmigo. A ver si puedo contar mi maldito chiste favorito.

El chaval le coge las manos cuidadosamente, aunque ahora son pequeñas. Las del chaval parecen palas en comparación.

¿De quién son estas manos? Pregunta el hombre viejo.

-Son mías- replica Ted.

El padre sacude su cabeza, la sangre recorre su frente y el enojo llena sus ojos.

¿Dónde está mi chaval?

¿Dónde está mi pequeño chaval?

-Contéstame-

-Siéntate un minuto, padre- Le ruega Ted.

 Las pupilas del padre cazan el polvo de alrededor de las copas de los árboles.

 

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 Intenta gritar, pero no se acuerda de cómo hacerlo. Su garganta solo le dará para un pequeño silbido.

 ¿Cómo te va en la escuela, Ted?

¿Qué tal vas en matemáticas?

Las matemáticas siempre te guiarán a casa….

-Padre, necesita sentarse, estás sangrando- Le ruega el hijo.

 Él lleva una barba que se eriza debajo de la palma del padre cuando toca las mejillas del chaval.

¿Qué ha pasado? susurra el padre.

 

 Página 21

-Te has caído en la barca, padre. Te dije que no salieras en barca, es peligroso especialmente cuando llevas a No____.

Los ojos del padre se agrandan e interrumpe excitadamente.

¿Ted, eres tú?

¡Has cambiado mucho! ¿Qué tal la escuela?

Ted respira lentamente y habla claramente:

-Yo ya no voy a la escuela más; soy un adulto ahora-

¿Cómo fue tu ensayo?

 -Padre siéntate ahora por favor, siéntate-

-Pareces con miedo, Ted. ¿Por qué tienes miedo?

  Las olas   Esta es la historia de un sobrino que nace en el mismo pueblo, en la misma familia, por supuesto, y casi en la misma casa q...